No me considero un pederasta.
Mozart con cinco o seis años ya componía obras relevantes en su época. Incluso levantaba expectación entre aristócratas con peluca la habilidad del muchacho toqueteando las teclas blancas y negras. Era mágico, increíble. Porque tenía cinco o seis años, porque si hubiera hecho lo mismo con treinta y tantos nadie se hubiera asombrado. Nadie se habría entusiasmado con su talento con el mismo asombro que lo hacían ante aquel chiquillo.
No es muy diferente de lo que yo siento por las niñas de la plaza. Algunas son verdaderos espectáculos de la naturaleza que con diez, doce u ocho años ya son capaces de despertar los instintos más primitivos de un mono venido a más como yo. Los mismos atributos diez, quince o treinta años después ya no me resultan tan atractivos. Debutan en la vida para ojos inquietos y curiosos como los míos, acostumbrados a encontrar la belleza en los lugares más inverosímiles. Después de unos años cualquiera será capaz de apreciar su hermosura e incluso el erotismo que despiertan; mi don es adivinar la sensualidad antes de que germine.
Y un día, se acabarán los presupuestos de seguridad y la pareja de policías que me siguen desde hace tres meses de día y de noche no volverán a pisarme las espaldas. Vigilancia preventiva lo llaman, pero no hacen más que azuzar mis ganas de volver a sentirme animal. Enjaulado al aire libre, puedo moverme, mirar, imaginar, planear... pero no actuar. Y un día volveré a ser completamente libre. No sé cuánto tardará en llegar ese día, pero llegará.
No sufrirá, no mucho. Porque después de saciar mi hambre evitaré que nadie pueda hacerle daño: una hoja afilada, un suspiro... y silencio.
La sociedad volverá a perdonarme, ya lo hizo una vez. Atenuantes, enajenación mental... llamadlo como queráis. Volveré a pisar las calles pronto. Volverán a tenerme controlado otra temporada. Y después: sudor y sangre, pero no lágrimas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Algo que decir?