Y fueron felices y comieron una lata de fabada que había al fondo de uno de los estantes de la cocina.
Era domingo y las tiendas estaban cerradas y la nevera y la despensa vacías. En otro tiempo hubieran ido al mercado gourmet el sábado a mediodía, habrían organizado un menú especial. Cualquier aventura de exóticos manjares, sabores sorprendentes y todo acompañado de un caldo apropiado. Una cena de esas que terminan con el postre entre las sábanas.
Pero eso habría sido antes de ser felices, antes de que los sábados fueran para descansar de los agobios de toda la semana. Cuando había que esforzarse por ser felices... Hoy te llevo a un sitio nuevo que han abierto en el centro... Esta noche te preparo algo diferente a ver cómo encaja este vinito... Esta noche te llevo a una galería que he leído por ahí... Qué pereza. Ahora era distinto. Un par de copas de más el viernes, todo el sábado para reponerse de la resaca y el domingo lo que surja, porque tenerlo organizado mata la espontaneidad en las relaciones y eso es como apagar la chispa de las sorpresa, los ocurrentes detalles. Y lo que había surgido era una lata de fabada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Algo que decir?