Vivimos en una sociedad que no consume los productos: los fagocita. Y con los productos culturales no iba a ser menos. Libros, discos, películas y autores son productos volátiles, efímeros, que brillan mientras les alumbra la etiqueta de lo cool y se apagan cuando les cae la de mainstream. Evidentemente esto no es así para todos las creaciones artísticas, por fortuna. Las obras que merecen la pena, sean de la disciplina que sea, no dejan impasible al espectador. Cuando algo tiene la calidad suficiente se gana al público y perdura en el tiempo para ser disfrutado por más y más gente. Y hasta aquí mis opiniones gratuitas que nadie había pedido.
Por mi parte, no estoy dentro del segundo grupo, del de los verdaderos artistas, ni siquiera me acerco a donde ponen las etiquetas, sino que más bien intento pasear por mi orillita del mundo observando lo que pasa al tiempo que voy canturreando lo que se me va ocurriendo.
Lo que comparto no es una canción, quizá una "preview" que nunca llegaré a desarrollar. ¿Para qué? Podría responder lo que he puesto en el primer párrafo, pero es más sencillo. Simplemente es una de las coplillas que canto cuando estoy con mi hijo para distraerle, que se me ocurren sobre la marcha y que procuro que le proporcionen un poquito de calidez y bienestar cuando estamos jugando o intentando que se duerma. Y se me metió en la cabeza y pensé en grabarla a ver qué tal sonaba.
Está grabada en Garage Band para Ipad, con algunos accesorios de IK Multimedia para la voz (con un Shure A-58) y el teclado (un M-Audio Axiom). Eso sí, sin automatismos, eso es demasiado bajo hasta para mí.
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