Minutos antes, Johnny
estaba ensimismado mirando la bata llena de manchurrones. Ojalá los tonos que
se se habían gestado tras cientos de impulsivos arreones de pincel estuvieran
disponibles en la paleta para terminar el maldito atardecer que se le resistía
desde hacía semanas.
Abstraído, miraba al
infinito sumido en las notas del ajado disco de pizarra que sonaba desde el
fondo del taller:
...El día que me quieras la rosa que engalana,
se vestirá de fiesta con su mejor color...
se vestirá de fiesta con su mejor color...
- Color... - se dijo en voz
baja, para sí mismo. - Color...
De repente, escuchó un
portazo en la planta de abajo y ruido de revolver cajones. Miró el reloj: aún
faltaba media hora para que llegara Sylvie. Johnny no era lo que se llamaba un
hombre de acción, pero instinto de supervivencia no le faltaba. Miró alrededor y
encontró muy práctico el martillo con el que trabajaba el bronce. Pensó que
para lo que hacía con sus esculturas, tampoco le iba a importar cargarse la
maza contra el cráneo de quien osara interrumpir su momento de inspiración y
profanar el templo de su intimidad creativa. Se colocó como había visto en las
películas de suspense, mirando de lado hacia el pasillo y con las dos manos
agarrando el mango del martillo tras su cuello. Visto desde fuera era una pose
un poco ridícula teniendo en cuenta la dimensiones del arma, pero le pareció
suficientemente intimidatorio. Bajó despacio los escalones,
sigilosamente, sin hacer más ruido que el crepitar de cada escalón bajo el peso
de sus torpes pisadas. Criiick criiiick criiiik.
- Al carajo con las
sutilezas - pensó al tiempo que trotaba escaleras abajo como un elefante
desbocado que supiera bajar escaleras. De una patada abrió la puerta que daba a
la cocina a través de cuyo vidrio esmerilado acababa de ver pasar como una
centella la figura del ladrón. El cristal se rompió en mil pedazos del golpe y entonces
lo vio claro.
El violento grito que
acompañó al ataque feroz de Johnny se solapó con el chillido de Sylvie cuando
vio que se le echaba encima un oso salvaje armado. La maza atravesó los rubios
rizos de Sylvie y reventó el armario de la cocina sin rozarle siquiera la sien. Se miraron con los ojos inyectados
en sangre y se tuvieron que abrazar hasta comerse a besos, bañados en lágrimas,
mientras ella intentaba recordar si le había dado las pastillas esa mañana.
Este microrrelato es la reedición de otro que escribí hace tiempo en otro sitio. A alguien le sonará.
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