martes, 24 de septiembre de 2013

CUANDO JOHNNY COGIÓ SU MARTILLO


     Minutos antes, Johnny estaba ensimismado mirando la bata llena de manchurrones. Ojalá los tonos que se se habían gestado tras cientos de impulsivos arreones de pincel estuvieran disponibles en la paleta para terminar el maldito atardecer que se le resistía desde hacía semanas.

     Abstraído, miraba al infinito sumido en las notas del ajado disco de pizarra que sonaba desde el fondo del taller:
                ...El día que me quieras la rosa que engalana,
                     se vestirá de fiesta con su mejor color...

      - Color... - se dijo en voz baja, para sí mismo. - Color...

     De repente, escuchó un portazo en la planta de abajo y ruido de revolver cajones. Miró el reloj: aún faltaba media hora para que llegara Sylvie. Johnny no era lo que se llamaba un hombre de acción, pero instinto de supervivencia no le faltaba. Miró alrededor y encontró muy práctico el martillo con el que trabajaba el bronce. Pensó que para lo que hacía con sus esculturas, tampoco le iba a importar cargarse la maza contra el cráneo de quien osara interrumpir su momento de inspiración y profanar el templo de su intimidad creativa. Se colocó como había visto en las películas de suspense, mirando de lado hacia el pasillo y con las dos manos agarrando el mango del martillo tras su cuello. Visto desde fuera era una pose un poco ridícula teniendo en cuenta la dimensiones del arma, pero le pareció suficientemente intimidatorio. Bajó despacio los escalones, sigilosamente, sin hacer más ruido que el crepitar de cada escalón bajo el peso de sus torpes pisadas. Criiick criiiick criiiik. 

     - Al carajo con las sutilezas - pensó al tiempo que trotaba escaleras abajo como un elefante desbocado que supiera bajar escaleras. De una patada abrió la puerta que daba a la cocina a través de cuyo vidrio esmerilado acababa de ver pasar como una centella la figura del ladrón. El cristal se rompió en mil pedazos del golpe y entonces lo vio claro.

     El violento grito que acompañó al ataque feroz de Johnny se solapó con el chillido de Sylvie cuando vio que se le echaba encima un oso salvaje armado. La maza atravesó los rubios rizos de Sylvie y reventó el armario de la cocina sin rozarle siquiera la sien.  Se miraron con los ojos inyectados en sangre y se tuvieron que abrazar hasta comerse a besos, bañados en lágrimas, mientras ella intentaba recordar si le había dado las pastillas esa mañana. 



Este microrrelato es la reedición de otro que escribí hace tiempo en otro sitio. A alguien le sonará. 


 

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