martes, 17 de septiembre de 2013

Las apariencias no engañan: soy como visto.



Cuando yo era un mozo adolescente, hace ya algunos años, los zagales y las muchachas se preocupaban mucho de la vestimenta y el aspecto que uno mostraba al exterior. De alguna manera era como gritar sin palabras una carta de presentación que de otra manera no se podía explicitar al mundo. Pelos largos, camisetas negras, pendientes, vaqueros ajustados, botas... estéticas de uno y otro perfil según quisieras que te identificaran con una determinada tribu urbana.

Y los años pasan.

Y hoy voy por la calle, cerca de los Bermejales y coincido en una plaza con la muchachada que sale de un Instituto cercano a la hora del recreo. Y empiezo a fijarme en lo que han cambiado las cosas o lo pronto que me desactualizado yo. Soy incapaz de diferenciar unos de otros y unas de otras.

Ellos: ropa de las mismas marcas, camisetas con mensajes que no logro descifrar, peinados repeinados y con algún pendiente. Ellas: mallas o shorts que enseñan medio gluteo, camisetas ajustadas y escotadas de colores chillones.

Yo se ve que no capto los matices, pero no estoy seguro de qué quieren parecer estos chicos o con quién quieren que se les identifique.

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