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martes, 17 de marzo de 2015

Fernanda y Agustina

A las once menos cuarto, doña Fernanda entró en el bar de Antonio como cada mañana de lunes a viernes y pidió su descafeinado. Andrés, el pequeño de Antonio, que llevaba poco tiempo trabajando en la barra de su padre, le preguntó:

- ¿De sobre o de máquina?

Doña Fernanda miró al muchacho de soslayo con cara de agria y la mitad derecha de la cara torcida hacia abajo, parecía que la hubiese faltado al respeto.

- De sobre, hijo.

Y mirando al tendido, cuando vio que allí estaba doña Agustina terminándose su tostada, añadió: 

- Y la leche templadita, que tengo prisa.

Continuando con su ritual, doña Fernanda se acercó a la mesa donde estaba sentada doña Agustina y se sentó resoplando como una locomotora, como si fuera la primera vez que se sentaba en todo el día.

- ¿Qué pasa hija? ¿Cómo estamos? Ojú, yo reventaíta de toa la mañana con los mandaos.

Agustina sólo le contestaba con la voz muy bajita como no queriendo interrumpir.

- Bien, hija. Tirando, que no es poco.

Y dando las once en el reloj de pared, entraba Joaquín, el cuponero de confianza de doña Agustina, con la ristra de veintiseises y cuarentaydoses colgado de la pinza agarrada al bolsillo de la camisa.

- ¿Qué, doña Agustina? ¿Algún numerito para esta noche?

- Sí, niño. Cámbiame el de ayer por un siete, que me tocó lo metío.

Y doña Fernanda pensaba para sus adentros: "hija de puta, qué suerte tiene. No puede ser que le toque tantas veces. Seguro que compra cinco o seis cupones más al día y los cambia delante mía sólo por joderme la malnacida..."

Doña Fernanda tenía hecho un estudio analítico estadístico exhaustivo con los números que salían en el cupón de los ciegos. Aplicaba un modelo matemático inventado por ella misma basándose en las observaciones diarias y el archivo de la página web de la ONCE para determinar las probabilidades y riesgos de cada número y serie según el día de la semana y los treinta sorteos inmediatamente anteriores. Además, conocía el historial de premios repartidos por cada cuponero del barrio y esquivaba a los que más fortunas repartían basándose en la baja probabilidad de repetición de la jugada. Hoy iba buscando el 57.990, pero se lo compraría a María Luísa, la tullida que tenía el puesto a la puerta del ambulatorio.

Mientras le cambiaban el cupón, doña Agustina siempre pensaba "... afortunada en el juego, desgraciada en amores..." y miraba con ternura a doña Fernanda, disfrazando de amistad su deseo irracional de estar íntimamente con ella. Casi le temblaba el labio de los nervios ante la posibilidad de ser descubierta en tales fantasías.

Y doña Fernanda la miraba y se decía: "Mira la cabrona cómo se ríe entre dientes de mi mala suerte... Qué asquito le tengo". Y luego sonreía tímidamente avergonzada por su propio lenguaje. Y esa mueca le daba la vida a doña Agustina.

Una foto publicada por Juani (@_don_juani_) el

jueves, 21 de agosto de 2014

Amancio

Amancio Ruiseñor nació una mañana fría, como no podía ser de otra manera siendo un 19 de diciembre, de 1941 para más señas. Nacido en período bélico, la rebelión de su alma inconformista le forjó un carácter de migajón, tierno y voluble.

Paseaba cada mañana por el Paseo de la O desde el Callejón de la Inquisición hasta el puente y luego se alargaba hasta la Catedral. Y a la vuelta una paradita para el Café Ambrosía, o una copita de vino si se encartaba la hora. Con su estampa de señor elegante, alto, delgado, correctísimo, con su pelo canoso como el de los galanes maduritos de Hollywood y siempre tan bien afeitado estaba claro que don Amancio estaba hecho un coqueto. De los que arrugan los ojos a escondidas cuando lee el ABC por tal de no reconocer que le hacen falta gafas.

Se acordaba mucho del día del Golpe de Tejero. A su mujer ese día le dio un vuelco el corazón con tanta historia de tanques y militares y se fueron corriendo al hospital. Lástima que el médico que tendría que haberla atendido salió por patas a su casa a quemar octavillas del partido, porque a lo mejor no se hubiera quedado viudo tan pronto. Vivió con tanto celo su soledad y tanto amor hacia su Francisca que incluso se sentía mal cuando miraba demasiado seguido a las mamachicho, embobado, en vez de llorar la pérdida. Pero los años siguieron pasando y con el cambio de siglo se hartó de sufrir  sólo y una vez hasta fue al Holidays con su fiel escudero, que por cierto aquella noche pasó calor por no querer dejar la bufanda en el guardarropa.

viernes, 4 de abril de 2014

Severiano.

Severiano era un señor de los de sombrero y bufanda de octubre a mayo. Cada día bajaba desde el mercado de San Jorge hasta el de San Martín de Porres con paso firme y lento para echar un vistazo. Miraba al frente con la solemne expresión de quien ve la vida desde la atalaya de la muerte. Hoy también podía ser su último paseíllo, como pudo serlo ayer y como lo puede ser pasado mañana. Y no tenía la intención de perder su, posiblemente, última oportunidad de disfrutar de la vida y sus placeres.

La temperatura era agradable, casi veraniega y el sol lucía en lo alto de la torre Pelli. Severiano se colocó el sombrero y se palpó los bolsillos de la chaqueta repitiendo el ritual de cada mediodía comprobando que todo estaba en su sitio. Dio por hecho que sería un buen día y sonrió para sus adentros y un poquito para afuera delante del espejo. Las once y media era un buen momento para tomarse un cafelito con leche.

Salió de su portal de la calle Betis y miró a ver cómo iba el río de crecido y si había gente pescando. Todo ok. Un giro a la izquierda y enfiló al Altozano. Debatió internamente qué cafetería visitar hoy sin terminar de decidirse cuál tenía la camarera más lozana, vitalista, optimista, exhuberante, simpática, alegre, educada y pechugona... Y como todas las mañanas se fue a ver a Sara y sus bamboleantes atributos.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Andén de salida.


De pie junto al andén de la estación, con un gesto contenido de satisfacción oculto pajo su viejo sombrero marrón, aguantó pacientemente hasta que el rastro del último vagón se perdió en el horizonte como si hubiera alguna mínima posibilidad de que el tiempo pudiera dar marcha atrás y el tren volviera a su lado para abrir las puertas y dejar salir de nuevo a la elegante diablesa que le había hecho perder la cabeza.

lunes, 28 de octubre de 2013

Doña Inés

Doña Inés, era de estas mujeres que piden el café con sacarina pero se guardan el sobre de azúcar en el bolsillo. "Por si me da una lipotimia", decía. Pero la tostada con sobrasada: una capa de dos centímetros digna de estudiarse en la escuela de arquitectos, porque "el desayuno es la comida más importante del día", solía decir. Nunca aclaraba si se refería al primer desayuno, al segundo o al tercero, porque a Doña Inés le gustaba mucho desayunar.

Cuando paseaba por San Jacinto iba siempre apretando los carrillos, con los labios fruncidos y temblorosos. Se diría que le costaba trabajo mantener la boca cerrada. Seguramente iba pensando en los avíos del puchero que iba a poner al fuego en cuanto llegara a casa, porque ya eran casi las once de la mañana. Los días que planteaba un puchero eran días felices, desde que se despertaba ya tenía un brillo especial en la mirada y sus pensamientos iban danzando en su ágil cabecita: "puchero... pringá... garbanzos... croquetas...".


Cuando llegó a su portal se encontró a su hermano. Antes de saludarle con dos besos le dijo: "Traes cara de apio, Amancio. A ver si espabilas y te echas novia que estás desnortao. Por cierto, ¿a qué no sabes a quién han atropellado el viernes ahí abajo?"



lunes, 14 de octubre de 2013

La Frankistén.


Doña Concha se daba cierto aire a Frankenstein. Tenía el tupé quemado pero le levantaba una cuarta por encima de su metro setenta. A los lados, sobre todo a los lados, las canas no perdonaban ni un año y se mostraban altaneras sobre unas orejas arrugadas y colgonas. Caminaba con los hombros en alto y separados cuanto le permitía su osamenta, los brazos dejados caer y las palmas de las manos hacia fuera, ligeramente apretadas. Un porte de inequívoca elegancia y savoir être, se decía para sus adentros cada vez que podía detenerse a admirar su propia figura en las ventanas de un Ford Focus.

Cada mañana se ponía a pasear  por López de Gomara, desde San Jacinto hasta el Parque de los Príncipes. Caminaba un metro adentro de la calzada, mirando al horizonte cómo calibrando la distancia que le quedaba por delante. Cualquiera diría que iba a llamar un taxi en cualquier momento. De vez en cuando, incluso se inclinaba hacía su derecha y sacaba el pescuezo para ver si atisbaba la esquina del parque, como quién va por el desierto anhelando un oasis.

Aquel día, el repartidor motorizado dobló la esquina de Evangelista demasiado rápido, sin saber que era la hora del paseo diario de la Frankistein y don Amancio se quedó esperando toda la mañana en el parque, viendo cómo se marchitaba la rosa roja que le tenía guardada desde el viernes y que ya nunca le podría dar.



martes, 17 de septiembre de 2013

Las apariencias no engañan: soy como visto.



Cuando yo era un mozo adolescente, hace ya algunos años, los zagales y las muchachas se preocupaban mucho de la vestimenta y el aspecto que uno mostraba al exterior. De alguna manera era como gritar sin palabras una carta de presentación que de otra manera no se podía explicitar al mundo. Pelos largos, camisetas negras, pendientes, vaqueros ajustados, botas... estéticas de uno y otro perfil según quisieras que te identificaran con una determinada tribu urbana.

Y los años pasan.

Y hoy voy por la calle, cerca de los Bermejales y coincido en una plaza con la muchachada que sale de un Instituto cercano a la hora del recreo. Y empiezo a fijarme en lo que han cambiado las cosas o lo pronto que me desactualizado yo. Soy incapaz de diferenciar unos de otros y unas de otras.

Ellos: ropa de las mismas marcas, camisetas con mensajes que no logro descifrar, peinados repeinados y con algún pendiente. Ellas: mallas o shorts que enseñan medio gluteo, camisetas ajustadas y escotadas de colores chillones.

Yo se ve que no capto los matices, pero no estoy seguro de qué quieren parecer estos chicos o con quién quieren que se les identifique.

viernes, 19 de julio de 2013

Los viernes, sin bola.

Visto lo poco que publico últimamente, he decidido subir aquí algunas cosas que cuelgo en otros sitios. A ver si le doy vidilla al blog y yo sólo me animo a ser un poco más productivo.


miércoles, 10 de marzo de 2010

las amistades peligrosas

jueves, 18 de febrero de 2010

o quizás sí