lunes, 28 de octubre de 2013

Doña Inés

Doña Inés, era de estas mujeres que piden el café con sacarina pero se guardan el sobre de azúcar en el bolsillo. "Por si me da una lipotimia", decía. Pero la tostada con sobrasada: una capa de dos centímetros digna de estudiarse en la escuela de arquitectos, porque "el desayuno es la comida más importante del día", solía decir. Nunca aclaraba si se refería al primer desayuno, al segundo o al tercero, porque a Doña Inés le gustaba mucho desayunar.

Cuando paseaba por San Jacinto iba siempre apretando los carrillos, con los labios fruncidos y temblorosos. Se diría que le costaba trabajo mantener la boca cerrada. Seguramente iba pensando en los avíos del puchero que iba a poner al fuego en cuanto llegara a casa, porque ya eran casi las once de la mañana. Los días que planteaba un puchero eran días felices, desde que se despertaba ya tenía un brillo especial en la mirada y sus pensamientos iban danzando en su ágil cabecita: "puchero... pringá... garbanzos... croquetas...".


Cuando llegó a su portal se encontró a su hermano. Antes de saludarle con dos besos le dijo: "Traes cara de apio, Amancio. A ver si espabilas y te echas novia que estás desnortao. Por cierto, ¿a qué no sabes a quién han atropellado el viernes ahí abajo?"



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