Doña
Inés, era de estas mujeres que piden el café con sacarina pero se
guardan el sobre de azúcar en el bolsillo. "Por si me da una
lipotimia", decía. Pero la tostada con sobrasada: una capa de
dos centímetros digna de estudiarse en la escuela de arquitectos,
porque "el desayuno es la comida más importante del día",
solía decir. Nunca aclaraba si se refería al primer desayuno, al
segundo o al tercero, porque a Doña Inés le gustaba mucho
desayunar.
Cuando
paseaba por San Jacinto iba siempre apretando los carrillos, con los
labios fruncidos y temblorosos. Se diría que le costaba trabajo
mantener la boca cerrada. Seguramente iba pensando en los avíos del
puchero que iba a poner al fuego en cuanto llegara a casa, porque ya
eran casi las once de la mañana. Los días que planteaba un puchero
eran días felices, desde que se despertaba ya tenía un brillo
especial en la mirada y sus pensamientos iban danzando en su ágil
cabecita: "puchero... pringá... garbanzos... croquetas...".
Cuando
llegó a su portal se encontró a su hermano. Antes de saludarle con
dos besos le dijo: "Traes cara de apio, Amancio. A ver si
espabilas y te echas novia que estás desnortao. Por cierto,
¿a qué no sabes a quién han atropellado el viernes ahí abajo?"
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