lunes, 14 de octubre de 2013

La Frankistén.


Doña Concha se daba cierto aire a Frankenstein. Tenía el tupé quemado pero le levantaba una cuarta por encima de su metro setenta. A los lados, sobre todo a los lados, las canas no perdonaban ni un año y se mostraban altaneras sobre unas orejas arrugadas y colgonas. Caminaba con los hombros en alto y separados cuanto le permitía su osamenta, los brazos dejados caer y las palmas de las manos hacia fuera, ligeramente apretadas. Un porte de inequívoca elegancia y savoir être, se decía para sus adentros cada vez que podía detenerse a admirar su propia figura en las ventanas de un Ford Focus.

Cada mañana se ponía a pasear  por López de Gomara, desde San Jacinto hasta el Parque de los Príncipes. Caminaba un metro adentro de la calzada, mirando al horizonte cómo calibrando la distancia que le quedaba por delante. Cualquiera diría que iba a llamar un taxi en cualquier momento. De vez en cuando, incluso se inclinaba hacía su derecha y sacaba el pescuezo para ver si atisbaba la esquina del parque, como quién va por el desierto anhelando un oasis.

Aquel día, el repartidor motorizado dobló la esquina de Evangelista demasiado rápido, sin saber que era la hora del paseo diario de la Frankistein y don Amancio se quedó esperando toda la mañana en el parque, viendo cómo se marchitaba la rosa roja que le tenía guardada desde el viernes y que ya nunca le podría dar.



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