De pie junto al andén de la estación, con un gesto contenido de satisfacción oculto pajo su viejo sombrero marrón, aguantó pacientemente hasta que el rastro del último vagón se perdió en el horizonte como si hubiera alguna mínima posibilidad de que el tiempo pudiera dar marcha atrás y el tren volviera a su lado para abrir las puertas y dejar salir de nuevo a la elegante diablesa que le había hecho perder la cabeza.
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