miércoles, 27 de noviembre de 2013

Folie a deux.

Él solito se daba cuenta de que no era tan productivo como antes. Le  molestaba enormemente porque así fallaba en su continuo intento de disfrutar haciendo cosas, por pequeñas, insignificantes y estúpidas que fueran, tal y como se había propuesto cada primer día del año. A ratos pensaba que todo tenía su lado positivo, y es que no hacer nada le dejaba mucho tiempo para ver lo que hacían los demás. Y entonces se sentaba a observar a la gente que pasaba absorto en sus idiosincrásicas interpretaciones del mundo real.

Una mañana se sorprendió buscando en las caras extrañas del maldito autobús que le secuestraba en las frías mañanas de invierno. La chica del gorro de lana, atrapada por unos auriculares gigantes agachaba la cabeza como si fuera a comerse la libreta en la que garrapatea extraños galimatías mientras piensa que podría haber hecho los deberes ayer por la noche y estaría ahora disfrutando de su dosis matinal de Aerosmith. El abuelo inmóvil que no cedía ni un centímetro para que no se le desencajara la argamasa de abrigo, boina y bufanda que protege su delicada salud se arrugaba preocupado porque va al consultorio y como cada mes de diciembre se teme que si coge un mal catarro se pasará las fiestas ingresado y sin poder disfrutar las vacaciones de sus nietos. La fashion victim que no pega nada en un autobús de pueblo creería que las gafas de sol la protegen de que alguien conocido la vea y piense que es una fracasada, y todo porque tiene el coupé en el taller, que si no iba a compartir vehículo con todos estos gañanes...


Así llegó con la media sonrisa a la estación de autobuses, algo así como una puerta entre el cielo y el infierno que pone en contacto el mundo rural periférico con la vida de la más histriónica de las capitales de provincia. Puso un pie en la salida y se cruzó con un montón de inmigrantes que traían la misma cara de dormidos que llevaba él, una pareja de la Policía Nacional que imaginaba en su descarrilado pensamiento como una especie de maestros fisonomistas y un sinfín de gente áspera y maleducada que le arrollaría si no se apartaba de su camino. Y al salir, el mayor contraste. En las escaleras a la calle proliferaba un nuevo gremio de prostitutos homosexuales que ofrecían sus servicios a señores de avanzada edad, que por cuatro perras satisfarían sus más bajos impulsos en los mismos cuartos de baño de la estación.

Y de pronto un rayo de luz entre la miseria: advirtió que en las escaleras es también donde se encontraba el germen del amor. Absortas en sus quehaceres románticos, las parejitas, sin ser conscientes de la cantidad de perversión y vicio que les rodea, son como un foco de luz en la zona cero que indica que seguía existiendo la belleza. 

Como si el mundo no se rigera por las mismas normas cuando de dos amantes adolescentes se trata, se comportan de forma extraña: son fogosos de ocho a ocho, comparten un cigarro por gusto de posar sus labios donde el otro, el tiempo juega a su favor por el simple hecho de tener a su chica en las rodillas o a su chico bajo las pantorrillas. Y pensando en esta cosas, cayó en la cuenta de que este fenómeno ya estaba descrito en la literatura psiquiátrica, pero le pareció un buen punto de partida para empezar a escribir un relato que llamaría folie a deux.

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