jueves, 21 de agosto de 2014

Amancio

Amancio Ruiseñor nació una mañana fría, como no podía ser de otra manera siendo un 19 de diciembre, de 1941 para más señas. Nacido en período bélico, la rebelión de su alma inconformista le forjó un carácter de migajón, tierno y voluble.

Paseaba cada mañana por el Paseo de la O desde el Callejón de la Inquisición hasta el puente y luego se alargaba hasta la Catedral. Y a la vuelta una paradita para el Café Ambrosía, o una copita de vino si se encartaba la hora. Con su estampa de señor elegante, alto, delgado, correctísimo, con su pelo canoso como el de los galanes maduritos de Hollywood y siempre tan bien afeitado estaba claro que don Amancio estaba hecho un coqueto. De los que arrugan los ojos a escondidas cuando lee el ABC por tal de no reconocer que le hacen falta gafas.

Se acordaba mucho del día del Golpe de Tejero. A su mujer ese día le dio un vuelco el corazón con tanta historia de tanques y militares y se fueron corriendo al hospital. Lástima que el médico que tendría que haberla atendido salió por patas a su casa a quemar octavillas del partido, porque a lo mejor no se hubiera quedado viudo tan pronto. Vivió con tanto celo su soledad y tanto amor hacia su Francisca que incluso se sentía mal cuando miraba demasiado seguido a las mamachicho, embobado, en vez de llorar la pérdida. Pero los años siguieron pasando y con el cambio de siglo se hartó de sufrir  sólo y una vez hasta fue al Holidays con su fiel escudero, que por cierto aquella noche pasó calor por no querer dejar la bufanda en el guardarropa.

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