A las once menos cuarto, doña Fernanda entró en el bar de Antonio como cada mañana de lunes a viernes y pidió su descafeinado. Andrés, el pequeño de Antonio, que llevaba poco tiempo trabajando en la barra de su padre, le preguntó:
- ¿De sobre o de máquina?
Doña Fernanda miró al muchacho de soslayo con cara de agria y la mitad derecha de la cara torcida hacia abajo, parecía que la hubiese faltado al respeto.
- De sobre, hijo.
Y mirando al tendido, cuando vio que allí estaba doña Agustina terminándose su tostada, añadió:
- Y la leche templadita, que tengo prisa.
Continuando con su ritual, doña Fernanda se acercó a la mesa donde estaba sentada doña Agustina y se sentó resoplando como una locomotora, como si fuera la primera vez que se sentaba en todo el día.
- ¿Qué pasa hija? ¿Cómo estamos? Ojú, yo reventaíta de toa la mañana con los mandaos.
Agustina sólo le contestaba con la voz muy bajita como no queriendo interrumpir.
- Bien, hija. Tirando, que no es poco.
Y dando las once en el reloj de pared, entraba Joaquín, el cuponero de confianza de doña Agustina, con la ristra de veintiseises y cuarentaydoses colgado de la pinza agarrada al bolsillo de la camisa.
- ¿Qué, doña Agustina? ¿Algún numerito para esta noche?
- Sí, niño. Cámbiame el de ayer por un siete, que me tocó lo metío.
Y doña Fernanda pensaba para sus adentros: "hija de puta, qué suerte tiene. No puede ser que le toque tantas veces. Seguro que compra cinco o seis cupones más al día y los cambia delante mía sólo por joderme la malnacida..."
Doña Fernanda tenía hecho un estudio analítico estadístico exhaustivo con los números que salían en el cupón de los ciegos. Aplicaba un modelo matemático inventado por ella misma basándose en las observaciones diarias y el archivo de la página web de la ONCE para determinar las probabilidades y riesgos de cada número y serie según el día de la semana y los treinta sorteos inmediatamente anteriores. Además, conocía el historial de premios repartidos por cada cuponero del barrio y esquivaba a los que más fortunas repartían basándose en la baja probabilidad de repetición de la jugada. Hoy iba buscando el 57.990, pero se lo compraría a María Luísa, la tullida que tenía el puesto a la puerta del ambulatorio.
Mientras le cambiaban el cupón, doña Agustina siempre pensaba "... afortunada en el juego, desgraciada en amores..." y miraba con ternura a doña Fernanda, disfrazando de amistad su deseo irracional de estar íntimamente con ella. Casi le temblaba el labio de los nervios ante la posibilidad de ser descubierta en tales fantasías.
Y doña Fernanda la miraba y se decía: "Mira la cabrona cómo se ríe entre dientes de mi mala suerte... Qué asquito le tengo". Y luego sonreía tímidamente avergonzada por su propio lenguaje. Y esa mueca le daba la vida a doña Agustina.
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