martes, 3 de septiembre de 2013

Nunca empieces por el postre.




Nunca empieces por el postre.

Del sofrito emanaba un embriagador aroma a naturaleza domada mientras la carne, sazonada, esperaba reservándose. Sería una noche perfecta: receta fácil y resultona para impresionar a una grata compañía.

El calor de los fuegos subía la temperatura y decidió quedarse sólo con el mandil protegiendo su cuerpo desnudo. Cuando ella llegó le pareció divertido recibirla de forma tan ridícula. Ella no sería menos.

El tinto para el guiso no llegó a la olla y fue resbalando por sus gargantas. Más calor. Las cebollitas y el ajo repiqueteaban una musiquilla de suspense bailoteando en el aceite caliente y en minutos el agradable olor de la cocina se había fundido con una sutil fragancia mezcla de almizcle y pan recién salido del horno. Ardían.

Mientras marcaba la sangrienta carne, un ajo rebelde explotó salpicándola de aceite hirviendo. La reacción natural fue dar un respingo hacia atrás y un ahogado grito de sorpresa cuando su cuerpo se encontró con otro cuerpo que lo acogió protegiéndola. Piel con piel, sin atemperar, no pudieron resistirse a empezar por el final comiendo con las manos y bebiendo a sorbos.

Y por empezar por el postre se quemó el plato principal.


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