Nunca empieces por el postre.
Del sofrito emanaba un embriagador aroma a
naturaleza domada mientras la carne, sazonada, esperaba reservándose. Sería una
noche perfecta: receta fácil y resultona para impresionar a una grata compañía.
El calor de los fuegos subía la temperatura y
decidió quedarse sólo con el mandil protegiendo su cuerpo desnudo. Cuando ella
llegó le pareció divertido recibirla de forma tan ridícula. Ella no sería menos.
El tinto para el guiso no llegó a la olla y fue resbalando
por sus gargantas. Más calor. Las cebollitas y el ajo repiqueteaban una
musiquilla de suspense bailoteando en el aceite caliente y en minutos el
agradable olor de la cocina se había fundido con una sutil fragancia mezcla de
almizcle y pan recién salido del horno. Ardían.
Mientras marcaba la sangrienta carne, un ajo
rebelde explotó salpicándola de aceite hirviendo. La reacción natural fue dar
un respingo hacia atrás y un ahogado grito de sorpresa cuando su cuerpo se
encontró con otro cuerpo que lo acogió protegiéndola. Piel con piel, sin
atemperar, no pudieron resistirse a empezar por el final comiendo con las manos
y bebiendo a sorbos.
Y por empezar por el postre se quemó el plato principal.
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