Mostrando entradas con la etiqueta delirios literarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta delirios literarios. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de abril de 2018

Los malos días

Los malos días
se borran del recuerdo,
crece el vacío.
Se acostumbra la calma

a la hueca rutina.

lunes, 9 de abril de 2018

jueves, 25 de enero de 2018

Tanka I

Cada mañana
tras la quietud del día
nos amanece
regalando la vida
una flor entre grietas.

lunes, 16 de octubre de 2017

Valeria

Y yo no tengo más
que buscar esa mirada
repletita de verdad
que ilumina los misterios
de las sombras de la edad,
con ingenua parsimonia,
con sensata claridad.

lunes, 10 de abril de 2017

Los sueños infames

Suenan infames los sueños
en las personas erróneas:
a pérdidas y quebrantos,
a duelos, desasosiegos,
a pasiones incorpóreas,
ausencias y desengaño.

jueves, 23 de marzo de 2017

Vacío de noche.

Paz, silencio, calma,
íntimo vacío que se va llenando de inocuas luces interiores.
Resaltan los propios márgenes 
un instante sólo,
brillan
y explotan 
en la frontera del consciente
como pompas de jabón.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Barro de ayer.

De aquellos lodos
que trajeron estos barros
se mancharon mis zapatos
como costras del ayer,
cual cicatrices, 
arañazos en el alma,
sabedoras de que hay balas
que enamoran al cañón.
Maldita sea,
qué temprano ha amanecido
las mañanas que, perdido, 
no sabía qué esperar.

martes, 2 de agosto de 2016

Ahora que el tiempo no se mide en primaveras

Ahora que el tiempo no se mide en primaveras,
que destiñen los reflejos de lo que ya no regresa,
cuando pienso en las señales de cuidado y prohibiciones
no recuerdo en qué momento aprendí  si no fue a golpes
                                                            de fortuna.

martes, 14 de junio de 2016

Héroes anónimos.

No lo dudó ni un instante y cuando llegó el momento oportuno, se situó al frente de toda la gente que le seguía. Impasible, no miró atrás: la cabeza erguida y mirada al frente como quien sabe que tiene una cita con el destino. No era la primera vez que se veía obligado por las circunstancias a liderar una turba informe, tan heterogénea en sus deseos y motivaciones y cuyo recorrido no sería ni mucho menos común una vez salvado el escollo que les atenazaba. Así que cogió aire, se infló el pecho de determinación y avanzó hasta el otro lado de la acera, sin esperar que los coches del último carril se pararan y todos los demás le siguieron. El semáforo de San Jacinto era propenso a averiarse, pero por suerte el barrio tenía su propio justiciero, capaz de parar el tráfico para que las gentes de a pie encontraran su camino.

jueves, 11 de febrero de 2016

Alguien tendrá que poner las calles

"Alguien tendrá que poner las calles", pensó don Francisco mientras apagaba el despertador a las seis de la mañana como cada día de lunes a viernes de los últimos 36 años. A menudo pensaba que ya sólo le quedaban nueve añitos para jubilarse y que luego ya descansaría. De siete a tres estaba encantado verificando celdas de la hoja de cálculo y subrayando con su rotulador rojo las incidencias que tendría que revisar más tarde. "Eficiencia cartesiana" se decía para sí cada vez que encontraba una anomalía, aunque no supiera muy bien qué significaba aquella expresión.
Quien no fue tan eficiente fue el médico de la empresa en la última revisión cuando se le pasaron por alto los signos inequívocos de que, en cualquier momento, un trombo podría dejarle paralizado, incapaz de reaccionar cuando iba a empotrarse contra la tapia de un instituto a las 6:48. A ver quién pone ahora las calles.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Camino de ningún lugar

No tengo prisa ninguna;
no pienso deshilachar
el caminito que algunas
veces hay que desandar
por no entornar suficiente
los ojos para mirar,
aunque se arrugue la frente
y se te olvide hasta andar.

martes, 17 de marzo de 2015

Fernanda y Agustina

A las once menos cuarto, doña Fernanda entró en el bar de Antonio como cada mañana de lunes a viernes y pidió su descafeinado. Andrés, el pequeño de Antonio, que llevaba poco tiempo trabajando en la barra de su padre, le preguntó:

- ¿De sobre o de máquina?

Doña Fernanda miró al muchacho de soslayo con cara de agria y la mitad derecha de la cara torcida hacia abajo, parecía que la hubiese faltado al respeto.

- De sobre, hijo.

Y mirando al tendido, cuando vio que allí estaba doña Agustina terminándose su tostada, añadió: 

- Y la leche templadita, que tengo prisa.

Continuando con su ritual, doña Fernanda se acercó a la mesa donde estaba sentada doña Agustina y se sentó resoplando como una locomotora, como si fuera la primera vez que se sentaba en todo el día.

- ¿Qué pasa hija? ¿Cómo estamos? Ojú, yo reventaíta de toa la mañana con los mandaos.

Agustina sólo le contestaba con la voz muy bajita como no queriendo interrumpir.

- Bien, hija. Tirando, que no es poco.

Y dando las once en el reloj de pared, entraba Joaquín, el cuponero de confianza de doña Agustina, con la ristra de veintiseises y cuarentaydoses colgado de la pinza agarrada al bolsillo de la camisa.

- ¿Qué, doña Agustina? ¿Algún numerito para esta noche?

- Sí, niño. Cámbiame el de ayer por un siete, que me tocó lo metío.

Y doña Fernanda pensaba para sus adentros: "hija de puta, qué suerte tiene. No puede ser que le toque tantas veces. Seguro que compra cinco o seis cupones más al día y los cambia delante mía sólo por joderme la malnacida..."

Doña Fernanda tenía hecho un estudio analítico estadístico exhaustivo con los números que salían en el cupón de los ciegos. Aplicaba un modelo matemático inventado por ella misma basándose en las observaciones diarias y el archivo de la página web de la ONCE para determinar las probabilidades y riesgos de cada número y serie según el día de la semana y los treinta sorteos inmediatamente anteriores. Además, conocía el historial de premios repartidos por cada cuponero del barrio y esquivaba a los que más fortunas repartían basándose en la baja probabilidad de repetición de la jugada. Hoy iba buscando el 57.990, pero se lo compraría a María Luísa, la tullida que tenía el puesto a la puerta del ambulatorio.

Mientras le cambiaban el cupón, doña Agustina siempre pensaba "... afortunada en el juego, desgraciada en amores..." y miraba con ternura a doña Fernanda, disfrazando de amistad su deseo irracional de estar íntimamente con ella. Casi le temblaba el labio de los nervios ante la posibilidad de ser descubierta en tales fantasías.

Y doña Fernanda la miraba y se decía: "Mira la cabrona cómo se ríe entre dientes de mi mala suerte... Qué asquito le tengo". Y luego sonreía tímidamente avergonzada por su propio lenguaje. Y esa mueca le daba la vida a doña Agustina.

Una foto publicada por Juani (@_don_juani_) el

lunes, 9 de febrero de 2015

Y fueron felices

Y fueron felices y comieron una lata de fabada que había al fondo de uno de los estantes de la cocina.

Era domingo y las tiendas estaban cerradas y la nevera y la despensa vacías. En otro tiempo hubieran ido al mercado gourmet el sábado a mediodía, habrían organizado un menú especial. Cualquier aventura de exóticos manjares, sabores sorprendentes y todo acompañado de un caldo apropiado. Una cena de esas que terminan con el postre entre las sábanas.

Pero eso habría sido antes de ser felices, antes de que los sábados fueran para descansar de los agobios de toda la semana. Cuando había que esforzarse por ser felices... Hoy te llevo a un sitio nuevo que han abierto en el centro... Esta noche te preparo algo diferente a ver cómo encaja este vinito... Esta noche te llevo a una galería que he leído por ahí... Qué pereza. Ahora era distinto. Un par de copas de más el viernes, todo el sábado para reponerse de la resaca y el domingo lo que surja, porque tenerlo organizado mata la espontaneidad en las relaciones y eso es como apagar la chispa de las sorpresa, los ocurrentes detalles. Y lo que había surgido era una lata de fabada.

jueves, 21 de agosto de 2014

Amancio

Amancio Ruiseñor nació una mañana fría, como no podía ser de otra manera siendo un 19 de diciembre, de 1941 para más señas. Nacido en período bélico, la rebelión de su alma inconformista le forjó un carácter de migajón, tierno y voluble.

Paseaba cada mañana por el Paseo de la O desde el Callejón de la Inquisición hasta el puente y luego se alargaba hasta la Catedral. Y a la vuelta una paradita para el Café Ambrosía, o una copita de vino si se encartaba la hora. Con su estampa de señor elegante, alto, delgado, correctísimo, con su pelo canoso como el de los galanes maduritos de Hollywood y siempre tan bien afeitado estaba claro que don Amancio estaba hecho un coqueto. De los que arrugan los ojos a escondidas cuando lee el ABC por tal de no reconocer que le hacen falta gafas.

Se acordaba mucho del día del Golpe de Tejero. A su mujer ese día le dio un vuelco el corazón con tanta historia de tanques y militares y se fueron corriendo al hospital. Lástima que el médico que tendría que haberla atendido salió por patas a su casa a quemar octavillas del partido, porque a lo mejor no se hubiera quedado viudo tan pronto. Vivió con tanto celo su soledad y tanto amor hacia su Francisca que incluso se sentía mal cuando miraba demasiado seguido a las mamachicho, embobado, en vez de llorar la pérdida. Pero los años siguieron pasando y con el cambio de siglo se hartó de sufrir  sólo y una vez hasta fue al Holidays con su fiel escudero, que por cierto aquella noche pasó calor por no querer dejar la bufanda en el guardarropa.

lunes, 7 de abril de 2014

Visitación

Algo grave debe haber ocurrido para que doña Visitación, Visi en sus círculos de confianza, no estuviera a las ocho de la mañana en su puesto de guardia de San Vicente de Paul. Sentada en uno de los veladores de Casa Diego controlaba casi a diario una de las arterias principales de su Triana: la parroquia, la ronda y Santa Cecilia.


No es que doña Visitación disfrutara siendo anunciadora de malas noticias, pero sentía la imperiosa necesidad de tener la primicia y divulgarla antes que nadie. Así que cuando empezó a escuchar rumores y chivatazos acerca del terrible accidente de su amiga Concha, se puso en marcha para que no le pisaran la exclusiva. A los pocos minutos ya estaba descolgando el teléfono y marcando el número de su viejo vecino:

- ¡Ay Amancio! ¡Qué disgusto más grande...!

viernes, 4 de abril de 2014

Severiano.

Severiano era un señor de los de sombrero y bufanda de octubre a mayo. Cada día bajaba desde el mercado de San Jorge hasta el de San Martín de Porres con paso firme y lento para echar un vistazo. Miraba al frente con la solemne expresión de quien ve la vida desde la atalaya de la muerte. Hoy también podía ser su último paseíllo, como pudo serlo ayer y como lo puede ser pasado mañana. Y no tenía la intención de perder su, posiblemente, última oportunidad de disfrutar de la vida y sus placeres.

La temperatura era agradable, casi veraniega y el sol lucía en lo alto de la torre Pelli. Severiano se colocó el sombrero y se palpó los bolsillos de la chaqueta repitiendo el ritual de cada mediodía comprobando que todo estaba en su sitio. Dio por hecho que sería un buen día y sonrió para sus adentros y un poquito para afuera delante del espejo. Las once y media era un buen momento para tomarse un cafelito con leche.

Salió de su portal de la calle Betis y miró a ver cómo iba el río de crecido y si había gente pescando. Todo ok. Un giro a la izquierda y enfiló al Altozano. Debatió internamente qué cafetería visitar hoy sin terminar de decidirse cuál tenía la camarera más lozana, vitalista, optimista, exhuberante, simpática, alegre, educada y pechugona... Y como todas las mañanas se fue a ver a Sara y sus bamboleantes atributos.

martes, 25 de marzo de 2014

¿Susto o muerte?

De vez en cuando le gustaba lamer la embocadura de su revólver. Desde arriba miraba embobada el doble cañón, doblado y roto, que se formaba ante ella entre bizqueo y arcadas. Sin pestañear habló pausadamente, con un discurso y una pose totalmente planeados: sentada en el suelo con la cabeza apoyada en la pared y las piernas separadas y extendidas mientras su larga melena rubia bailaba rítmicamente descuidada para tapar lo justo de su desnudez.

- Un día voy a apretar el gatillo sólo por joder. Por joderte, Irina. Por darte un susto de muerte y por que tengas que recoger después mis trocitos ensangrentados de todas las paredes.

- Si quieres joderme coge un strapon del cajón de abajo de mi mesita de noche, puta.

Irina ni siquiera la había mirado. No había levantado la vista del libro ni había sacado la mano de dentro de las bragas. Sabía que estaba siendo observada y dramatizó el movimientos de los dedos entre la maraña de su monte de Venus arriba y abajo. Suspiró mas fuerte de lo necesario.

Sonia se levantó airada. Dejó el arma sobre la mesa y salió disparada hacia la cocina evitando cruzar la mirada con ella para que no viera sus ojos azules empañados y su mandíbula apretada. Ya no sabía qué hacer para volver a despertar en ella la fascinación de antaño. Estaba a punto de romper a llorar cuando escuchó el estruendo. Se dio cuenta tarde de que Irina hacía meses que ya no era la misma, que no quería seguir a su espalda ni un día más y que si alguien iba a joder a alguien iba a ser ella.



Nota del autor: hace unos días Paco León Barrios publicó en su Instagram una foto de una chica con una pistola en mi boca y pensé: coño, qué coincidencia... porque ya tenía esto escrito y sólo faltaban un par de matices por corregir, pero me daba palo publicar justo después de ver la foto. Así que lo he dejado reposar una semana pero ya no he querido tenerlo más en el cajón. La toto de @pacoleon en  http://instagram.com/p/luOk-YQUjI/

martes, 4 de febrero de 2014

Inevitablemente.

A Johnny le dio por pensar que ella siempre estaba allí. Daba igual el tiempo que hacía que no la veía, ni siquiera se acordaba de ella en meses, pero de repente un flash conectaba una cosa con otra, un lugar con una persona, un aroma con el ruido de una sonrisa y ya estaba. No necesitaba más que mirar al cielo despejado, orientarse al noreste y buscar el punto más brillante de la noche. Luminosa, con un imperdonable magnetismo le atraía inexorablemente.Siempre estaba allí.

Y después de mirar absorto la magia del firmamento, era inevitable que se acordara de ella, de su sonrisa y de cómo era incapaz de olvidarla.

sábado, 4 de enero de 2014

Y silencio.

No me considero un pederasta.

Mozart con cinco o seis años ya componía obras relevantes en su época. Incluso levantaba expectación entre aristócratas con peluca la habilidad del muchacho toqueteando las teclas blancas y negras. Era mágico, increíble. Porque tenía cinco o seis años, porque si hubiera hecho lo mismo con treinta y tantos nadie se hubiera asombrado. Nadie se habría entusiasmado con su talento con el mismo asombro que lo hacían ante aquel chiquillo.

No es muy diferente de lo que yo siento por las niñas de la plaza. Algunas son verdaderos espectáculos de la naturaleza que con diez, doce u ocho años ya son capaces de despertar los instintos más primitivos de un mono venido a más como yo. Los mismos atributos diez, quince o treinta años después ya no me resultan tan atractivos. Debutan en la vida para ojos inquietos y curiosos como los míos, acostumbrados a encontrar la belleza en los lugares más inverosímiles. Después de unos años cualquiera será capaz de apreciar su hermosura e incluso el erotismo que despiertan; mi don es adivinar la sensualidad antes de que germine. 

Y un día, se acabarán los presupuestos de seguridad y la pareja de policías que me siguen desde hace tres meses de día y de noche no volverán a pisarme las espaldas. Vigilancia preventiva lo llaman, pero no hacen más que azuzar mis ganas de volver a sentirme animal. Enjaulado al aire libre, puedo moverme, mirar, imaginar, planear... pero no actuar. Y un día volveré a ser completamente libre. No sé cuánto tardará en llegar ese día, pero llegará.

No sufrirá, no mucho. Porque después de saciar mi hambre evitaré que nadie pueda hacerle daño: una hoja afilada, un suspiro...  y silencio.

La sociedad volverá a perdonarme, ya lo hizo una vez. Atenuantes, enajenación mental... llamadlo como queráis. Volveré a pisar las calles pronto. Volverán a tenerme controlado otra temporada. Y después: sudor y sangre, pero no lágrimas.